Abuela


Conozco la historia de mi abuela,
una niña que se bañaba en un barreño
de agua sucia porque sus cuatro hermanos mayores
se bañaban primero.

Todos conocemos las historias pasadas.
Nos cuentan que el cielo era más azul, pero la gente
era más grises.
Que el blanco era para la iglesia y los muertos.

Sabemos
que había hambre,
que había guerra,
que había muertos en las calles.

La sangre ensuciaba los manteles a la hora de comer.
Algunos sólo tenían sangre en la mesa.

Los niños veían cuerpos abiertos.
Las madres se rajaban los vientres para seguir pariendo.
El dolor era un lujo que el tiempo no daba.

Ante mí, una mujer invalida que me observa sin ver.
Una piel engullida entre costillas.

Conozco la historia de mi abuela enferma, y por eso
la quiero.

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Cadáver exquisito


Contigo acaba el hambre generacional.
Las cenizas serán hijos, y yo
ser olvidado en tono sepia
como aquella imagen que hablaba de mi madre,
como aquel recuerdo en blanco y negro
que yo solo recordaba con el color de la sangre.
Las venas de aquellos tiempos
que discurrían valientes y ardientes
jugando a perderse en el olvido.
Derramo una lágrima con un suspiro
que libera un bonito recuerdo
y regresa con mi próxima calada en este vacío.





Primera estrofa: Cristian González.
Segunda estrofa: Paloma Sanz.
Tercera estrofa: Pilar Garrido.
Cuarta estrofa: Suso Jerez.

Imagen: Andrew Neel

Fallos del lenguaje



No entiendo las palabras de mi género.
Día a día intento traducir los mensajes cosificados.
Escucho atento con la mirada confusa
cómo se comunican entre ellos
e intento imitar su lenguaje como un bebé imita el andar de su padre.

En verano me alejó del ser humano y escuchó a las plantas hablar.
Lo hacen entre susurros, acariciando mis mejillas
mientras se me enreda la hierba en mis tobillos
dejándome una sensación infantiloide en mi cuerpo.

¿Y si dejo de escuchar?
¿Y si prefiero no entender?


Mi cuerpo está hecho de costuras mal bordadas.
Costillas y órganos entrelazados. No sé cómo se dice.
No tengo los verbos correctos para describir mi lenguaje corporal.

Quizás mis facciones deban dejar de escuchar.
Quizás mi útero no quiera entender.



Imagen: Chester Wade

Sin título


A ti, que me lees. 
Concédeme un minuto de tu existencia 
y atiende. 

Aparta las cosas que te recuerden 
a los pronombres estrictamente personales 
-o sea, yo, 
me, mi-. 

Vacía el contenedor de la arrogancia 
y no olvides 
que hubo un tiempo 
en que todos necesitamos un poco de todos. 
Así que borra el primer mandamiento 
-amarás a Dios- 
y sustitúyelo por otro más sencillo. 

Que no existan los silencios en el ascensor 
ni las miradas esquivas a la pantalla del móvil. 
Escucha, 
abraza. 
disfruta de la bonita casualidad 
que nos brindan, 
que tú y yo hoy coincidimos 
en las coordenadas exactas de tu vida. 


Texto: Laura Jurado
Imagen: Kira Ikonnikova

Incontables las noches



Son incontables las noches que me acosté
pensando que no amanecería solo.
Que el frío no llegaría a calarme por completo.

-La humedad de mis ojos ha empapado la almohada-.

¿Qué hago?
Demasiado confuso para ser objetivo.
¿Soy insuficiente quizás?

-No sé qué me falta, pero sí sé qué me sobra-.

Puede ser que el mundo no esté preparado.
No sabe cómo debe amarme.
Una futura tumba sin epitafio.

-Un bello durmiente que no despertará jamás-.














Imagen: Jeswin Thomas

2 poemas de María Sánchez


II

Algo así tiene que ser el hogar:

Oír fandangos mientras las ovejas van
tras sus corderos

Rebuscar con los dedos las raíces

Ofrecer a los tubérculos los tobillos

Convertir la voz en ternura
y en presa

Prometerme una y otra vez
que nunca escribiré en vano
un libro con las mismas
manchas

***

I

Soy la tercera generación de hombres que vie-
de la tierra y de la sangre. De las manos de
mi abuelo atando los cuatro estómagos de un
rumiante. De los pies de mi bisabuelo hundién-
dose en la espalda de una mula para llegar a la
aceituna. De la voz y la cabeza de mi padre re-
pitiendo yo con tu edad yo y tu abuelo yo y los hombres

Imagen relacionada

Imagen: digopalabratxt.com

Sombras felinas



He corrido por los callejones de mi ciudad a media noche
descalzo y sudando.
Semidesnudo, he saltado por las azoteas desiertas. Sigiloso.
Me he camuflado entre los gatos callejeros.
En los días de lluvia cruzaba miradas con los hombres
pensando que había llegado mi hora.
Me asustaba con el sonido de la música,
   con el sonido de la ciudad,
      con el sonido de las palabras.
Lo horrible siempre fue no saber el cuándo.
Y hasta entonces…lloro.




Imagen: Daniel-Eduard Doman