Difuntas



En mi sofá hay tirada una figura oscura.
Aparece a veces, pero nunca tiene ojos.
Sentado a su lado veo cómo se estira,
cómo se exhibe buscando mis caricias.
La ignoro con cuidado, no quiero ofenderla.
Quizás sea el recuerdo de aquella musa que maté por conseguir la fama.
Intenta hablar conmigo en un lenguaje desconocido.
Empiezo a sudar, ella grita.
Algo va mal entre nosotros.
Convulsiona y cambia.
Convulsiona y desaparece.
Convulsiona y muere.

Mobiliario urbano


Las calles de mi ciudad están llenas de estrías.
Signos de la edad y el deterioro.
El mobiliario urbano es abundante, pero está sucio.
Hay estatuas de color ceniza abandonadas en los portales.
Olvidadas y llenas de polvo.
Por las esquinas hay copas de alcohol que huyen de las serpientes.
Hay motas de luz encargadas de limpiar, en silencio y sin molestar.

Huérfano


Me duelen las encías de masticar
el dolor.
Lloro para humedecerlas.
¿Lo oyes?
Balbuceo una señal de auxilio.
¿No quieres oírla?
Me duelen las encías, y no tengo
tu pecho para calmarlas. 


África


La crueldad del ser humano
tiene un reflejo
que mide 11, 73 millones mi2.




Las bicicletas apiladas


El tiempo ha pasado.
Tan rápido
que los colibríes han ido hacia delante.
No he podido pararlo. No lo intenté.
Quería dejar que el río fluyera,
llevándose  mis recuerdos compartidos.

Rememoro en la almohada,
aquellos besos con sabor a lluvia. Con sabor a sal.
Casi vuelvo a ver las bicicletas apiladas en la puerta de mi casa.
Antes de que supiéramos que íbamos a follar.
Mi piel se excita.
Ella sola,
sin tenerme en cuenta.
No sabe
que te marchaste.
Dejándome con la mirada perdida a la altura de tus rodillas

mientras el horizonte engullía tus pedaladas.

Black and white shot of bikes on sidewalk with owner in New Balance trainers and backpack
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Desierto en multipropiedad


I
Cruzo despacio. Me quemo.
Mi piel se cae
a tro-zos.
Recuerdo al niño. Corre.
Grita juguete.

II
Infancia hecha de arena sahariana.
Carrera, un final lleno de cuchillas.
Historias privadas convertidas en compasión.
Yo, ellos, nosotros
somos cifras.

III
Me siento ajeno en esta casa.
El hogar tiene apellidos.
Los míos no pasaron.

Adiós, Asad.

2 poemas de Chantal Maillard


Hay un niño pequeño, desnudo, en el balcón.
Algo cae, oblicuo, no sé si el sol, la tarde,
o quizás sea la calzada,
el caso es que aquel niño tiene la piel dorada
en razón de la oblicuidad.
De sus dedos escapan burbujas transparentes y su risa
es agua jabonosa que resbala en el aire y cae
oblicuamente como un eco
de estrellas impacientes.
Pero el niño dorado se cansa y la madre aparece.
Ella mira hacia abajo, se endereza de golpe,
levanta al niño con la fuerza del grito que reprime
e inicia el gesto que habrá que ocultar,
en los ojos del hijo, su propio espanto.
Apenas tiene tiempo, el pequeño inmortal,
de señalar con un dedo infinito
a una paloma que pasa rozando
la reja del balcón.

***

Se hizo de noche al mediodía.
No pude respirar.
Tanto metal entre la carne,
aquel sabor a cieno
y sobre todo
el corazón oblicuo, sí, eso es,
el corazón oblicuo.
Como las tejas de un tejado,
resbalando.
                            El viento arriba
(había viento, sí, un viento suave).

Pero ya terminó. Una sombra
no hace la noche entera.
Volvamos cada uno a lo que nos distingue:
esa historia concreta, personal
que nos mantiene -- mientras tanto.

Una sombra no hace la noche entera
                                                             -- ¿o sí la hace?