Las bicicletas apiladas


El tiempo ha pasado.
Tan rápido
que los colibríes han ido hacia delante.
No he podido pararlo. No lo intenté.
Quería dejar que el río fluyera,
llevándose  mis recuerdos compartidos.

Rememoro en la almohada,
aquellos besos con sabor a lluvia. Con sabor a sal.
Casi vuelvo a ver las bicicletas apiladas en la puerta de mi casa.
Antes de que supiéramos que íbamos a follar.
Mi piel se excita.
Ella sola,
sin tenerme en cuenta.
No sabe
que te marchaste.
Dejándome con la mirada perdida a la altura de tus rodillas

mientras el horizonte engullía tus pedaladas.

Black and white shot of bikes on sidewalk with owner in New Balance trainers and backpack
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Desierto en multipropiedad


I
Cruzo despacio. Me quemo.
Mi piel se cae
a tro-zos.
Recuerdo al niño. Corre.
Grita juguete.

II
Infancia hecha de arena sahariana.
Carrera, un final lleno de cuchillas.
Historias privadas convertidas en compasión.
Yo, ellos, nosotros
somos cifras.

III
Me siento ajeno en esta casa.
El hogar tiene apellidos.
Los míos no pasaron.

Adiós, Asad.

2 poemas de Chantal Maillard


Hay un niño pequeño, desnudo, en el balcón.
Algo cae, oblicuo, no sé si el sol, la tarde,
o quizás sea la calzada,
el caso es que aquel niño tiene la piel dorada
en razón de la oblicuidad.
De sus dedos escapan burbujas transparentes y su risa
es agua jabonosa que resbala en el aire y cae
oblicuamente como un eco
de estrellas impacientes.
Pero el niño dorado se cansa y la madre aparece.
Ella mira hacia abajo, se endereza de golpe,
levanta al niño con la fuerza del grito que reprime
e inicia el gesto que habrá que ocultar,
en los ojos del hijo, su propio espanto.
Apenas tiene tiempo, el pequeño inmortal,
de señalar con un dedo infinito
a una paloma que pasa rozando
la reja del balcón.

***

Se hizo de noche al mediodía.
No pude respirar.
Tanto metal entre la carne,
aquel sabor a cieno
y sobre todo
el corazón oblicuo, sí, eso es,
el corazón oblicuo.
Como las tejas de un tejado,
resbalando.
                            El viento arriba
(había viento, sí, un viento suave).

Pero ya terminó. Una sombra
no hace la noche entera.
Volvamos cada uno a lo que nos distingue:
esa historia concreta, personal
que nos mantiene -- mientras tanto.

Una sombra no hace la noche entera
                                                             -- ¿o sí la hace?

Niñas de jardín


De mi jardín nacieron dos niñas grandes como mujeres
semidesnudas, cubiertas por una tela celeste rasgada y vieja.
Tenían los brazos frágiles de cristal y sus piernas
tiritaban con la brisa del otoño.
Se sujetaban las manos y me miraban asustadas
como si ocultaran el triste secreto de una infancia traumática.
La mayor era muda y tenía miedo de mis palabras.
A la pequeña le faltaban los órganos y seguía viva.

Ninguna podía tener hijos.
Del barro de mi jardín trasero nacieron dos niñas
estériles y perfectas.

Photo by Zach Guinta on Unsplash

El rencor de unos trozos de papel


Cuando aún éramos jóvenes pensé en darte la mano,
así podría tener columnas de mármol sobre las que subirme
y ver si sobre el cielo de la tierra había nubes.

Podríamos haber sido un mito griego,
dos hombres con faldas que decidieron ser amantes 
entre los animales que miraban lo obsceno de la guerra.

En el conflicto siempre hay miedo.
Tuviste miedo de ser tú,
de mí,
de ellos,
de otros.

Ahora ya es tarde.
Mis manos están recubiertas de hormigas que salen de mi garganta
evitando cualquier roce.

Las historias se cuentan de boca en boca,
la nuestra se contó entre golpes y rencor.
¿Te acuerdas de mí?



Paseos descalzos por la edad


He aprendido a caminar sobre cristales
desnudo.
Con mis pies ensangrentados
y las hormigas subiendo hasta mis ojos
he sentido el dolor de una madre
al ver marchar a su hijo.


Movimiento de rotación


Mi corazón sigue su ciclo.
Da vueltas sobre sí mismo
sin pedir perdón.
Se fija en cómo todo va cambiando
y él no.
Ve sombras fugaces y borrosas
que le hacen preguntas que no llega a entender.
Siente demasiado por la mañana.
Con el paso del día, llega el ocaso,
sigue sintiendo. No puede evitarlo.
Por las noches intenta desconectar.
No siempre lo consigue.
Continúa sintiendo sin dejar de latir.
Sentirá hasta marcharse.